Pronunciamiento sobre Irán
14 de enero de 2026
Reconocemos y respaldamos las
protestas del pueblo iraní contra el régimen de la República Islámica y
condenamos la represión violenta de los manifestantes de parte del Estado
iraní. Estas movilizaciones no son un episodio aislado ni una reacción coyuntural,
sino la expresión acumulada de décadas de opresión política, explotación
económica, violencia patriarcal, represión sistemática y negación de derechos
fundamentales. Son levantamientos que surgen desde abajo, desde la vida
cotidiana asfixiada de millones de personas, y que deben ser entendidos como
una lucha legítima por la dignidad, la libertad y la justicia social.
Reafirmamos el derecho
inalienable de los pueblos a la autodeterminación. El futuro de Irán —como el
de cualquier sociedad— no puede ser decidido ni tutelado por potencias
extranjeras, ni por gobiernos que instrumentalizan el sufrimiento ajeno para
avanzar sus propias agendas geopolíticas. Ninguna forma de dominación externa
puede presentarse como liberación, y ninguna intervención imperial ha traído
jamás democracia, igualdad o paz duradera a los pueblos que dice “salvar”.
Denunciamos con firmeza la
manipulación de las protestas iraníes por parte de diversas potencias del norte
global, que buscan capitalizar el descontento popular para reconfigurar
equilibrios regionales, asegurar rutas energéticas, controlar recursos y reforzar
su poder estratégico. Esta instrumentalización no sólo distorsiona la realidad
de las luchas en curso, sino que pone en riesgo a quienes resisten en las
calles, al convertirlos en piezas de un tablero que no controlan.
Expresamos nuestra solidaridad
con los pueblos, más allá de sus gobiernos. Son las sociedades —no las élites
políticas ni militares— las que pagan el costo humano de las guerras, las
sanciones, los bloqueos, las ocupaciones y los conflictos geopolíticos. Esta
solidaridad no es selectiva ni condicionada: se dirige a quienes resisten la
opresión, ya sea bajo regímenes autoritarios declarados enemigos o bajo
gobiernos aliados del poder global.
Señalamos la profunda hipocresía
del norte global, que se arroga el derecho de decidir qué autoritarismos son
intolerables y cuáles son funcionales y aceptables. Mientras algunos regímenes
son demonizados, otros son legitimados y normalizados: Viktor Orbán es tratado
como socio por gobiernos neofascistas; Recep Tayyip Erdoğan es un aliado clave
para la política migratoria europea; Ahmed al-Sharaa fue considerado terrorista
hasta que pasó a ser presentado como una opción “razonable” para gobernar
Siria. Esta doble vara revela que el problema nunca ha sido la democracia ni
los derechos humanos, sino la utilidad política de cada régimen.
Denunciamos también la
instrumentalización de las demandas de las mujeres iraníes en los discursos
dominantes del norte global. La invocación selectiva de su sufrimiento ha
servido, en demasiados casos, para reforzar narrativas islamófobas y
orientalistas, que reducen luchas complejas a imágenes simplificadas y
funcionales al poder. La historia reciente lo demuestra con claridad: en
Afganistán, el discurso de “liberar a las mujeres” fue utilizado para
justificar una intervención militar devastadora, seguida de extractivismo,
destrucción social y abandono. No aceptamos que las vidas y las luchas de las
mujeres se conviertan en coartadas morales para la guerra y la dominación.
La emancipación no se exporta, no
se bombardea y no se impone desde arriba. La libertad de las mujeres, de las
disidencias, de los pueblos y de las clases oprimidas sólo puede construirse
desde las propias luchas, con autonomía política, organización colectiva y
solidaridad internacionalista genuina.
Nos posicionamos del lado de
quienes resisten en Irán y en cualquier lugar del mundo contra la opresión, sin
tutelas imperiales, sin nostalgias autoritarias y sin falsas dicotomías.