El ascenso de las derechas fascistas

 

El ascenso de las derechas fascistas.

El verdadero debate detrás del artículo de Nexos. 


Por: Académicxs con Palestina contra el genocidio 


El ascenso mundial de las nuevas derechas se asocia frecuentemente con la puesta en operación de políticas de corte neoliberal en el ámbito económico, favorecedoras de las grandes corporaciones multinacionales y en detrimento de la mayoría de la población. Indudablemente ésta es una de las dimensiones de las nuevas derechas cuando arriban al vértice más alto del poder político. Pero hay muchas otras y entre ellas destaca el cercenamiento de derechos que creíamos conquistados desde hace más de dos siglos, como el de la libertad de expresión de las ideas.

Las nuevas derechas han salido a la defensa de uno de sus mayores exponentes, el gobierno israelí y, en general, del sionismo que, para nosotros, es una ideología colonialista, racista y supremacista cuya materialización ha provocado y sigue provocando el desplazamiento forzado y el despojo de la población originaria de Palestina, la justificación de su exterminio y la destrucción de su cultura. A pesar de toda la argumentación sólida que sustenta esta definición, actualmente la adopción por varios Estados de la propuesta por la IHRA (International Holocaust Remembrance Alliance) que establece la analogía entre antisionismo y antisemitismo expulsa a los críticos del sionismo al margen de la ley debido a que el antisionismo sería una expresión más del odio a los judíos. 

En otras palabras, dado que el estado de Israel asume al sionismo como una religión civil promovida por él mismo y la población judía de Israel como la única con plenos derechos ciudadanos, la crítica al sionismo deviene una negación de los judíos a existir. Al realizar esta amalgama entre sionismo –ideología nacionalista apoyada por judíos y no judíos en el mundo– y judaísmo –religión practicada por personas de diversos orígenes étnicos–, la IHRA está racializando la religión. Al hacer esto, en realidad alimenta el antisemitismo que busca combatir.

Semejante razonamiento conduce a la persecución judicial y al destierro profesional de aquellas y aquellos que se han atrevido a impugnar este falso paralelismo. Lo mismo acontece cuando se refiere el drama que el pueblo palestino está viviendo desde hace casi ochenta años, pero particularmente recrudecido desde octubre de 2023. Nosotros sostenemos que estamos presenciando un genocidio, basados en la definición original del concepto y en las diversas fórmulas adoptadas a partir de la posguerra por organismo internacionales. 

El término genocidio fue acuñado en los años cuarenta por el profesor Raphael Lemkin y su definición es mucho más holística que la acepción que fue aceptada legalmente en la Convención de Ginebra de 1948. Lemkin considera en su concepto de genocidio la deshumanización, persecución, desplazamiento, despojo y exterminio de una población con base en su pertenencia –o no pertenencia– a una etnia, raza o comunidad religiosa. Sin embargo, también toma en cuenta el aspecto del exterminio cultural como parte del genocidio, pues Lemkin comprendía que el objetivo de los genocidas es borrar cualquier rastro cultural de la comunidad que persigue y extermina. Al exterminar su cultura se cancela cualquier posibilidad de futuro para esa población puesto que la cultura no sólo incluye libros, universidades, museos, lugares de rito, sino también el paisaje construido por sus habitantes y que incluye a sus árboles y sus cultivos, entre otros. 

En este sentido, Eyal Weizman, arquitecto fundador de Forensic Architecture, explica en su última publicación Ungrounding, The Architecture of Genocide que este crimen se lleva a cabo “contra las personas, contra el territorio y contra las condiciones que permiten la vida, e implica también una violencia contra las pruebas que demuestran que han ejecutado ese genocidio”. Así lo explicó en una reciente entrevista para La Marea publicada en línea el 1 de julio de 2026 y subraya que el ejército israelí también se está deshaciendo de la evidencia de sus crímenes, pues está aplastando “los escombros de los edificios destruidos, la vegetación, los cristales, los plásticos, todo, incluidos los restos de las más de 10.000 personas desaparecidas, hasta convertirlos en dunas de arena”.

Muy diversos y acreditados investigadores así lo postulan. También lo padecen. Vayan estos ejemplos. El especialista en genocidio y Holocausto, Raz Segal, declaró en entrevista para el medio independiente Democracy Now! el 13 de octubre de 2023 que la operación israelí en Gaza era un “caso de libro de texto” de genocidio. Ese mismo mes, el académico publicó un texto en Jewish Currents calificando las acciones militares del gobierno de Israel como genocidio. 

Por su osadía, perdió el puesto como director del Centro de Estudios del Holocausto y Genocidio que la Universidad de Minnesota le había ofrecido en junio de ese mismo año. Raz Segal se desempeña como profesor en la Universidad de Stockton en Nueva Jersey y tras casi tres años de litigio, la Universidad de Minnesota le pagará 250 mil dólares en compensación por su despido injustificado. 

Asimismo, en 2021, en Gran Bretaña, el profesor David Miller de la Universidad de Bristol sufrió un incidente similar. Fue removido de su puesto por haber expresado durante una clase sus críticas a la ideología sionista y a las políticas del gobierno de Israel a pesar de que la investigación concluyó que sus opiniones no eran antisemitas. Su contrato fue anulado porque el lobby sionista en ese país impuso su definición de antisemitismo. Tuvieron que transcurrir cinco años para que un juez concluyera que ese despido fue injustificado y declarara que las opiniones antisionistas quedan protegidas bajo la ley de Gran Bretaña.

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A casi tres años del genocidio algo ha quedado claro: cada vez más judíos del mundo critican el genocidio que Israel está cometiendo contra la población palestina –cristiana y musulmana– de Gaza –y pronto seguirán Cisjordania y el sur de Líbano– bajo el supuesto de protegerlos. El mejor ejemplo, es el triunfo de Zohran Mamdani como alcalde de Nueva York, la ciudad con más judíos de Estados Unidos ha votado a un musulmán para que los gobierne, porque comprenden que el problema no es religioso, es político. El problema radica en el supremacismo racista que se esconde detrás del sionismo y de todos aquellos que lo apoyan.

En días recientes, un artículo firmado por Ezra Shabot ha suscitado una acalorada polémica debido a los términos en que define la situación en Palestina. Lejos de ser original su postura, asume prácticamente la retórica del gobierno de derecha radical de Israel. Niega el genocidio, justifica el asesinato de civiles palestinos –casi 73.000 palestinos han sido asesinados en Gaza de acuerdo con cifras del 15 de junio de 2026 de Stastia– y lleva a cabo una homología histórica sin fundamento entre el bombardeo indiscriminado de las fuerzas aliadas sobre Alemania durante los últimos estertores de la Segunda Guerra Mundial con las acciones militares israelíes en Gaza. 

Además de esgrimir otros despropósitos, como el intento de justificar el asesinato de los niños gazatíes bajo el argumento de que “seguramente se convertirían en terroristas”. Este argumento es el mejor ejemplo de la islamofobia del autor, pues asegura –sin pruebas ni fundamentos lógicos– que toda la población palestina de Gaza es violenta simplemente por ser árabes y al hacerlo amalgama la etnicidad árabe con la confesión religiosa al asumir que todos son musulmanes. Mientras, deja de lado el hecho de que en esa Franja mediterránea de tierra existen cristianos árabes y que se erigía una de las iglesias más antiguas del mundo hasta que el ejército israelí la destruyó. Observemos como a los sionistas –judíos y no judíos, pues los hay también cristianos– se les facilita racializar religiones. 

El debate que realmente debería estar suscitando ese texto es la manera en la que la islamofobia y el antisemitismo pueden convivir en una misma narrativa: la del supremacismo blanco. El escritor belga Michel Feher, fundador de la editorial Zone Books y autor de varios ensayos críticos, acaba de publicar su última obra Redevenir Juif. En esta publicación busca explorar y clarificar la “dimensión antisemita” dentro del propio sionismo. 

En una entrevista de agosto de 2026 publicado en Nueva Sociedad, Feher profundiza al afirmar que tanto los nacionalistas europeos antisemitas como los sionistas –respuesta nacionalista de los judíos perseguidos en Europa por el antisemitismo– creían que los judíos “tendían a ser o bien banqueros y usureros, o bien comunistas y manipuladores intelectuales”. La diferencia es que para los antisemitas europeos “el problema de los judíos era racial” y por eso había que segregarlos cuando no expulsarlos o exterminarlos y para los sionistas europeos “era una cuestión de condición” que podía modificarse. “Si se les permite asentarse y tener un país, serán tan buenos nacionalistas como aquellos que los odian en Europa”.

Michel Feher se está uniendo a una nueva corriente de pensamiento dentro del judaísmo que intenta explicar por qué criticar a Israel por sus políticas de exterminio y segregación hacia los palestinos o al sionismo como ideología, no es antisemita. Por el contrario, es una forma de combatir el antisemitismo pues según sus propias palabras se puede amar a Israel y seguir odiando a los judíos. 

Esta crítica no es nueva, la hicieron con anterioridad ya algunos intelectuales y artistas palestinos y árabes. El más destacado y conocido, Edward Said que a través de su renombrada obra Orientalismo trató de responder a varias preguntas. Tras la guerra de 1967 –conocida como la naksa (retroceso en árabe) para los palestinos y la guerra de los seis días para los israelíes–, él y otros querían saber los motivos por los cuales a Israel se le consideraba una democracia a pesar de contar con leyes claramente discriminatorias –Ley de Ciudadanía de 1950 y Ley de Retorno de 1952–. Igualmente querían entender las razones por las cuáles las democracias liberales de lo que hoy llamamos Norte global (Occidente) apoyaban sin miramientos este régimen colonialista de asentamiento, de apartheid y ocupación. 

Una de las respuestas más tempranas la escribió, en árabe en 1969, el periodista y escritor palestino Ghassan Kanafani y muy probablemente ese ensayo, junto con el grueso de su obra literaria, le costó la vida. Fue asesinado junto con su sobrina Lamis de 12 años por el Mossad el 8 de julio de 1972 en Beirut, al explotar la bomba que le instalaron, cuando encendió su coche. En su libro On Zionist Literature, traducido al inglés en 2022, ubica el origen del sionismo literario antes del Primer Congreso Sionista de Basilea de 1897. 

Para Kanafani, existía un conjunto de obras literarias escritas en Gran Bretaña por judíos y no judíos que comenzaron a construir al “heroe sionista”; un personaje culturalmente europeo que a pesar de estar asimilado no es por completo aceptado sólo por ser judío. Algunas de estas obras son Daniel Deronda, Ivanhoe y The Wondrous Tale of Alroy. Así pues los judíos europeos oprimidos por el antisemitismo en ese continente se vieron obligados a elegir, según Kanafani, entre “soportar el dolor de la lucha por la igualdad y la integración social o aferrarse al mito del excepcionalismo” por ser el pueblo elegido y por tanto superior. El sionismo eligió este último camino y al hacerlo sólo ha reproducido “la misma ideología racista que persigue a los judíos”.

Ya lo había dicho un palestino; el sionismo es racista y antisemita, pero tuvieron que pasar más de 50 años para que voces más “aceptadas” –Enzo Traverso, Michel Feher, Jewish Voice for Peace, The Voice of the Rabbis–  fueran escuchadas para que entendieramos y debatiremos el “proceso de blanqueamiento” que el sionismo hizo del judaísmo. 

Textos como el del señor Shabot –y respuestas como la del ex Canciller Jorge Castañeda Jr– sólo contribuyen a dos cosas: la negación de la nakba (catástrofe en árabe) y el genocidio palestino y a que la islamofobia y el antisemitismo crezcan. 

Hasta ahora México no ha cedido a la presión de adoptar la definición de antisemitismo de la IHRA. Una decisión a favor de ella pone en peligro un derecho fundamental, el de la libre expresión de ideas, y abre las puertas a la represión del pensamiento crítico. 


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